MI CARCEL PERZONALIZADA


Foto: Luis Castro

Su cabello se enreda entre sus dedos mientras juega con él, su mirada perdida en el horizonte mas allá de la ventana que tiene en frente y en su rostro suavemente se dibuja una sonrisa. Lizeth vuelve a la realidad cuando el sonido retumba en sus oídos, sacándola de sus pensamientos el timbre que indica la salida para su casa, el mismo timbre que a las 9 y a las 11 30 indica la salida hacia un descanso que la anima a seguir.

Lizeth solo tiene 14 años aunque esta más cercana a los 15, los únicos deseos que ocupan su mente no son una gran fiesta, un viaje con sus amigas o una reunión con sus amigos, ella solo desea como lo dice con frecuencia “un lugar donde pueda hacerse invisible”. Tiene un rostro bonito y una mirada soñadora, cuerpo atlético y sexy, pero a pesar de toda una gran tristeza en su corazón que acompañada de una inseguridad, opacan el brillo de su mirada que día tras día se esconden detrás de unos lentes cuando la situación lo requiere.

Constantemente mira la silla vacía que detrás de ella la acompaña y casi que por instinto mira al otro lado de su salón, una joven rubia que conversa alegremente con otros de sus compañeros y se ríen contagiosamente. El único problema de esas risas joviales podía encontrarse que son provocadas por las burlas hacia lizeth, todos los días ella escucha los mismos comentarios ofensivos “cuatro lámparas, , gafas culo de botella” pero a pesar de intentar no escucharlos sus ojos mienten al humedecerse.

Cada día es un reto a superar como una batalla invisible entre su autoestima y la alegría que a poco se esfuma de su rostro, sin embargo a pesar de ser “la lambona” del salón encuentra un descanso, cuando sola se sienta escapando de un salón que la asfixia, recobrando sus fuerzas. Lizeth odia la soledad y le gustaría tener amigos al menos para compartir, pero cuando no le están pidiendo los trabajos, si la están molestando y ella solo prefiere quedarse callada ante el acoso que a diario recibe.

Tan solo el timbre de salida la libera de su salón de clases, lo que ella llama “su cárcel personalizada” y en silencio se despide de la silla vacía detrás de ella y la chica rubia que solía ser su mejor amiga la mira, con la sonrisa que en el rostro de ambas chicas se dibuja, solo la de Lizeth es por la tranquilidad de que en su casa, encontrara las palabras que de sus compañeros ya no espera nunca oír.

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