LA UNIVERSIDAD OCULTA



Foto: Luis Castro



Un recuerdo guardado durante 30 años de un trágico día, una vida que se apagaba y un rumor que nacía en los pensamientos de las personas. Un día de color rojo “me contaron, a mi no me toco” recuerda el padre Alberto del momento cuando un joven murió, frente a lo que en esa época aun no se conocía como Fundación Universitaria Luis Amigó.

Un trágico día donde podían escucharse los sonidos de carreras, piques, que tenían lugar frente al edificio, donde el sonido de una frenada estridente marcaba como un joven imprudente, al pasarse sin cuidado la calle, apagaba su vida. Naciendo de esta manera el temor a la presencia que de la noche se apodera, en el silencio la tranquilidad se rompe y el sueño es intranquilo buscando el origen de ruidos extraños sin encontrar a nadie.

La presencia de ruidos en la noche donde no hay nadie, sillas que se mueven solas y voces en el vacío, desde aquella época se sentía la presencia y ese temor a que se apareciera a asustar. Risas en el día y extraños ruidos provienen del silencio que los estudiantes dejan, “María sentía que la asustaban” deja escapar el Fray Israel con mirada pensativa al horizonte, mientras hacia el aseo podía sentir como le movían todas las cosas, un constante sonido de pasos en medio de la oscuridad y el temor lograba apoderarse de cada centímetro de su cuerpo.

Mientras la noche cae en la ciudad lentamente la universidad va quedando vacía, a pesar de la calma se oyen voces en el silencio de la noche que los celadores escuchan, pero no ven a nadie. “ Alberto la vio y la siguió” dice Israel en medio sus recuerdos, vio a esa niña que con su cabello por la cara lo observaba riéndose en un teléfono, pero que corría al acercarse , la siguió pero desapareció sin dejar huella más que en sus recuerdos, en un edificio de casi 50 años los sonidos no faltan.

El día no logra escaparse de las presencias que no duermen, donde hay más gente pueden escucharse ruidos de risas y voces que se pierden en el viento de pasillos solitarios y salones oscuros. El teléfono de la pastoral vocacional que suena como haciendo un llamado que no tiene respuesta o en el silbido que Israel cuenta “yendo para la casa de la congregación escuche que me silbaban, no vi a nadie” el silencio perdura.

Pero son recuerdos en las memorias de dos hombres, pensamientos que recuerdan con mirada pensativa en el horizonte “donde en el día hay voces en la noche se escuchan los ecos” dice Israel mientras que con esto afirma no creer en las historias. El padre Alberto solo deja escapar “yo no creo” ambos afirman que las personas ven lo que quieren ver, y que estas historias no son ciertas, pero quien sabe quizás el silbido sea una respuesta silenciosa de las cosas que ellos afirman no existen.

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